La imagen de la guardia de honor frente al féretro de Rubí Pérez, quien falleció mientras llevaba alegría y música a una multitud, simboliza no solo el homenaje a su legado artístico, sino también el profundo respeto hacia todas las víctimas de esta tragedia sin precedentes. Su partida, junto con tantos otros compatriotas, nos recuerda lo frágil que puede ser la vida y cuán rápido pueden cambiar nuestras realidades.

El gobierno del presidente Luis Abinader, así como diversas organizaciones y ciudadanos, han mostrado gestos de solidaridad ante esta tragedia. Sin embargo, más allá de las acciones institucionales, es el abrazo colectivo del pueblo dominicano lo que refleja la grandeza de nuestro espíritu humano. En momentos como este, la unidad y el apoyo mutuo son los faros que guían nuestra recuperación emocional y social.
Esta tragedia, considerada por muchos como la tragedia del siglo en la República Dominicana, deja lecciones profundas sobre la importancia de la seguridad, la prevención y la responsabilidad compartida. Pero, sobre todo, nos invita a reflexionar sobre cómo valoramos la vida, cómo nos cuidamos unos a otros y cómo construimos un futuro más seguro para nuestras comunidades.

Dios tenga misericordia de quienes están atravesando este momento de aflicción. Que brinde consuelo a los corazones rotos y fortaleza a quienes enfrentan el difícil camino del duelo. Ojalá esta tragedia sirva también como un llamado a la acción para evitar que algo similar vuelva a ocurrir.
En medio de tanto dolor, recordemos honrar a quienes se fueron celebrando sus vidas, su legado y su amor por la alegría y la música. ¡Que descanse en paz! Y que la República Dominicana encuentre fuerzas para sanar y reconstruirse desde el amor y la solidaridad.






